La Corrida

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onivido

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La corrida​
Siempre hay una primera vez.
A menudo también es la última.
“Los mataderos alemanes son más eficaces. Además no hay miles de sádicos como espectadores”, dijo Max disgustado.
Era nuestra segunda noche en Barcelona en aquel tiempo cuando la Plaza de Toros de Arenas todavía cumplía con su fin tradicional. Un amigo nos había invitado a una corrida. Nos atrajo el colorido del espectáculo de la fiesta brava, pero cuando habían matado el tercer toro en exactamente veinte minutos de tortura, no solo nos aburríamos, sino también empecé a lamentar que estábamos allí.
Me avergoncé. Ira se apoderó de mi. Iba creciendo con cada momento que estábamos presenciando aquel espectáculo cruel.
“Ojalá el próximo toro cornea al torero”, le conteste a Max.
No bien lo había dicho cuando ya el toro cumplió con mi deseo. Embistió al torero, lo levanto con los cuernos, lo tiro al suelo y le paso por encima.
Max y yo saltamos de nuestros asientos y aplaudimos frenéticamente.
Todo el mundo volteaba hacia nosotros, sorprendidos, incrédulos, molestos, disgustados, rabiosos.
Como alguien se podía alegrar ante semejante desgracia del valiente torero.
Insultos van y vienen. Dos filas más abajo se levanta un hombre fornido y se dirige hacia nosotros.
Ha venido el momento en que es oportuno aclarar que Max es oriundo de la región de Baviera Baja y a pesar de su doctorado en química recién adquirido y a pesar de no estar vestido con pantalón de cuero honraba una antigua costumbre de su tierra natal. Siempre cargaba un cuchillo con una hoja de siete pulgadas. Ahora lo blandió y se dispuso a enfrentar al bravo aficionado taurino. Cuando este vió el cuchillo se detuvo en seco. Yo agarré a Max por la espalda y lo senté.
Pensé que una retirada honorable pero inmediata nos podía ahorrar muchos inconvenientes. A paso de tortuga nos dirigimos a la salida.
En un restaurante cercano comimos un bistec de toro por 15 pesetas.
 

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